De estrella a empleada por 4 mil pesos al día
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La joven wayuu Filia Rosa Jarariyú titene ahora 19 años.
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Sandra Guerrero Barriga

De estrella a empleada por 4 mil pesos al día

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Filia Rosa Jarariyú, protagonista de ‘La eterna noche de las doce lunas’.

Cuando las luces, la cámara y la acción de la película de Filia Rosa Jarariyú se apagaron, su destino tomó un rumbo diferente al que se imaginaba hace siete años cuando protagonizó un documental de su etnia Wayuu.

Hoy, con 19 años, se ha convertido en una trabajadora doméstica a la que solo le pagan cuatro mil pesos por hacer el aseo en una casa de familia.

“No pasó nada, todo sigue igual, distinto a lo que me imaginaba”, afirmó Filia Rosa a AL DÍA, refiriéndose a las metas que tenía de llegar muy lejos para ayudar a su familia.

Ella se refiere a todo lo que soñó después de haber filmado en el 2013, cuando tenía 12 años, La eterna noche de las doce lunas, un documental que mostró paso a paso el rito ancestral wayuu del encierro y que duró un año completo.

La historia relata desde que esta niña wayuu tiene su primera menstruación y es aislada en una casa construida para ella, de donde sale de noche a recibir baños de luna y a la que pueden acceder solo las mujeres más cercanas, tal y como lo dictan los usos y costumbres wayuu.

Este proceso de Filia Rosa fue en la ranchería Karequishimana, ubicada en el municipio de Maicao, y fue documentado por la productora bogotana Priscila Padilla, quien vivió todo el ciclo para convertirlo en una gran obra cinematográfica.

Durante el encierro, la niña wayuu debió estar quieta en su chinchorro, aprendiendo el principal oficio de las mujeres wayuu: tejer, así como otras labores del hogar. Además  le enseñaron valores como la responsabilidad, el respeto, la honestidad y el amor y la forma cómo debía comportarse al salir de allí.

De esto se encargaron la mamá y la abuela, quienes solo la bajaban del chinchorro para bañarla en una piedra con agua fría de una múcura.

La investigación de Priscila comenzó en el 2008, cuando recorrió  el desierto de La Guajira buscando su protagonista en los rostros de cada niña indígena, en sus risas y en las mil historias que narraron las abuelas. En una de las comunidades conoció a Cecilia Iguarán, una matrona wayuu que le habían presentado.

Le contó sobre el propósito que la había llevado a este territorio y ella le respondió que en su ranchería encontraría lo que andaba buscando.

Allí estaba Filia Rosa, el personaje de esta historia, quien estaba sentada en un rincón de su salón de clases, mirándola de reojo y con desconfianza.

A través de ella, afirma que conoció a las maravillosas mujeres de su ranchería y después de tomar muchos cafés, de largas caminatas en búsqueda de agua y leña por esos caminitos de iguana (como llaman los wayuu a estos caminos tan angostos de La Guajira), se dio inicio a la grabación del documental. Después de terminar su encierro Filia Rosa fue presentada en sociedad como una majayut (señorita) para lo cual se hizo una fiesta en donde bailó la tradicional yonna.

Según los wayuu, las jovencitas quedan preparadas para casarse, pero la protagonista de esta historia prefirió en ese entonces seguir estudiando y comenzar a tejer su futuro como una profesional. “Yo pensé que todo lo que había vivido me serviría para ayudar a mi familia, para salir adelante, para que me quedara algo, pero no tengo nada para mostrar”, afirma la joven wayuu.

Eso lo afirma porque en ese entonces, su ilusión fue creciendo a medida que el documental era presentado en diversos escenarios en los que ganó varios premios y los expertos elogiaban su talento natural. Según Priscilla Padilla, La eterna noche de las doce lunas fue galardonada como mejor fotografía, mejor sonido, mejor banda sonora, mejor documental de género y mejor documental iberoamericano, en varios concursos. Dice que también participó en varios festivales como El Festival de Cine de Berlín; Bussán, Corea del Sur; La Habana, en Cuba; en Cartagena fue merecedor del premio India Catalina, fue mejor documental en el Festival de Toulouse en Francia y nominado a los Premios Goya, entre otros. También se presentó en las salas de cine en varias ciudades del país.

“Ninguno de estos premios fue en dinero”, afirma la documentalista, quien dice que la historia de Filia Rosa se sigue proyectando sobre todo en espacios culturales, universidades, pero que por ser ya un trabajo que tiene algunos años de realizado no estará más en festivales de cine y documentales.

Después de pisar varios de estos escenarios y volver a su ranchería, Filia Rosa terminó la primeria y sus sueños comenzaron a desvanecerse.

“Estuvo cuatro años sin estudiar porque en la comunidad solo había hasta primaria y no tenía dinero para ir a un internado o  a otro colegio donde hubiera secundaria”, explica la joven.

 Su madre quedó sola, con otros cuatro hijos más y ella como era la mayor, le tocó asumir las riendas del hogar, con tan solo 15 años. “Me dediqué a trabajar, a ayudar a mi mamá, a mis hermanitos”, dice Filia Rosa.

Agrega que de Priscila recibía de vez en cuando 70 mil pesos que le servían para la comida.

La educación es clave. La directora dice que más que una compensación económica “lo que el documental ha hecho y por lo pronto seguirá haciendo, es apoyarla y hacerle entender que lo único que le quedará realmente a esta niña es la educación, esa ha sido mi lucha y yo diría que después de ella haber pasado por momentos muy complicados, ahora lo está entendiendo”.

Agrega que Filia Rosa tiene su apoyo y que “lo único que me gustaría es verla algún día, cumpliendo sus sueños, sean los que sean”.

 Sin embargo, la joven dice que no tiene nada en sus manos, ni documento, ni un trofeo que le permita decir “yo soy la protagonista de ese documental”. Añade que lo único que posee es un CD que le dio Priscila con el filme.

Además lamenta que su familia, sus amigos y personas de su comunidad le reprochen que después de haber tocado la fama, esté en esas condiciones. “Me dicen que por qué estoy así, que debía estar mejor porque fue un documental que se vio en muchos lados”, asegura.

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