"Igualdad para unas cosas (y para otras no)": la provocadora columna de Vergonymous
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A toda hora uno se topa con mujeres que se ofenden cuando no reciben muestras de galantería | AL DÍA
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Vergonymous

"Igualdad para unas cosas (y para otras no)": la provocadora columna de Vergonymous

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"Si las mujeres exigen igualdad, no esperen entonces que les abramos la puerta, que les cedamos el paso en la fila, ni que les recojamos las cosas que se les caen".

¿Por qué las feministas no rechazan los privilegios que ofrece la machista caballerosidad? Muchas que defienden la igualdad reclaman regalos el Día de la Mujer, y no nos dan nada a los hombres en nuestro supuesto día.

Con el feminismo se pierden todos los privilegios que ofrece un corazón machista. Si las mujeres exigen igualdad, no esperen entonces que les abramos la puerta, que les cedamos el paso en la fila, ni que les recojamos las cosas que se les caen (aunque bueno, si visten falda, cuenten con nuestra bondadosa agachada y la pertinente inspección de reojo a sus muslos).

Quieren igualdad en todo, pero se van al baño o miran para otro lado cuando llega la cuenta. Amenazan con sacar algo del bolso, y uno espera disimulada y sonrientemente. Lo que sacan es el espejo para revisar que no se les haya corrido el labial con el crep dobletroque que costó $21.990. Ah, pero por supuesto, un corazón feminista es un corazón solidario, por lo que te exigen dejar una buena propina con el viejo truco de hacerte sentir tacaño. Algo como “ay oye no le des tan poquito que da pena”, mientras sorben las últimas gotas de gaseosa y de tu billetera.

La caballerosidad es una de las formas más refinadas de hipocresía; y el feminismo que la acoge en su seno, una de las peores.

A toda hora uno se topa con mujeres que se ofenden cuando no reciben muestras de galantería; pero que, al mismo tiempo, se ofenden ante la sospecha de trato discriminatorio, apelando al feminismo. Somos cerdos de cualquier forma. La lógica llevaría a pensar que caballerosidad y feminismo son conceptos que se repelen y se destruyen el uno al otro al encontrarse, como materia y antimateria, trabajo académico y Twitter, porno y arrechera, sequía y putas.

Así que en aras de la transparencia, de la coherencia ideológica, de la congruencia entre discurso y acción, las mujeres con ínfulas feministas deben renunciar a toda contemplación de galantería. Somos iguales, entonces, no esperen que les corramos la silla, que les demos la mano al bajar un escalón o de un taxi, ni pagarles el almuerzo, ni que les demos el paraguas mientras nosotros nos mojamos, ni que nos quitemos la chaqueta y la pongamos sobre los charcos para que no se mojen los pies (alguien debe haberlo hecho alguna vez en la historia de la humanidad, tengo fe).

Olvídense de todo eso. La liberación femenina lo jodió.

No hay nada más manoseado que el feminismo (ejemplo esta entrada) y su contradictoria relación parasitaria con el reclamo de caballerosidad. Se han convertido en trajes que algunas se ponen y se quitan según les convenga. Son selectivas con eso de que les cedamos el paso. Cuando tienen pantalón siempre quieren ir adelante, siempre un peldaño arriba en la escalera electrónica, con el perrito faldero atrás. Ahh, pero cuando usan faldita corta ahí si no nos dejan ir atrás: nuestra caballerosidad no merece como recompensa ni un simple avistamiento. Además, nos reprochan: "No seas descarado, sube tú primero".

Más de una mujer me ha tirado el carro a la salida de locales como McDonalds. Es que como soy hombre, le debo dar el paso incluso si es peatonal.

¿Dónde está el feminismo y la equidad cuando llegan los recibos? Termina reducido a una frase-desarmo-todo parecida a algo así: "ayy amor es que tú sabes que la plata que tenía la usé para comprarme ese vestidito que tanto te gusta". 

Son iguales para lo que les conviene. La legitimación femenina es una carta de su baraja para que les abran espacios en escenarios laborales, exigir lugares y ser tenidas en cuenta en asuntos que las benefician. Pero al mismo tiempo, juegan con la carta de la cortesía merecida, y la esgrimen en su favor según el caso. Con estas cartas, las más astutas logran un equilibrio entre desempeñar cargos importantes y evadir responsabilidades mayores.  

Tengo amigas súper open mind, liberadas, que se unen al combo de hombres con total descomplicación. Pero en cualquier momento se les vuela el taco. Se les dispara el voltaje. Que ella va en el puesto de adelante por ser mujer, que entre nosotros no hay caballeros porque nadie le abrió la puerta. Y suele ir de la mano con un arranque feminista, que la lleva a defender a las pobres desconocidas que morboseamos a través de las ventanillas. Nos recuerda entonces lo puercos que somos por voltear a mirar agresivamente a una peatona que carga atrás un Telebichor como de 47 pulgadas.

Aclarémoslo al máximo. Si la mujer quiere que sus amigos le dediquen su caballerosidad y que no se muestren como simples comentaristas de culos, le conviene aceptar entonces que todos la incluyan en la vasta categoríade “culeable” (igual seguro ya estaba ahí, por debajo de cuerda, pero en la subcategoría de –posibilidades remotas en borracheras-).

El reclamo de caballerosidad implica admitir un cambio de reglas, que supone que alguno de los amigos la atenderá especialmente, le regalará dulcecitos, y si todo sale bien, se fumará un cigarro después de un polvo memorable. Allí termina la carrera que comienza con la amable galantería del piropo elegante.

Ese es el verdadero trasfondo de la caballerosidad. Desde tiempos inmemoriales e inmarcesibles, el galanteo es parte del ritual de apareamiento.Si uno le abre la puerta a una mujer es porque espera que algún día ella le abra las piernas; ella u otra que nos esté viendo todos formales. Soy caballeroso = te quiero comer y para eso estoy dispuesto a demostrar buenos modales. No faltará el mandilón que lo niegue, porque él no es así. Él es cuidadoso por respeto a las mujeres y no se quiere comer a ninguna, él es feliz haciéndose la paja no más.

No creo que el feminismo sea salir a tomar solas a hablar de los hombres. Tampoco, que se trate de indignarse con las publicidades de modelos en bikini, pero ser "hincha" del Barcelona para morbosearles las piernas a Messi y su combo de enanos.

Laigualdad no se promueve haciendo distinciones de género en el uso del plural, como tanto les gusta a l@s imbéciles y las imbécilas. La igualdad genuina implica no indignarse si no se les regalan chocolates o flores en el Día de la Mujer.

Igual tienen como mil de los 365 días del año en su honor, contando el día de la madre, el día de la secretaría, el día del amor y la amistad, el día de la locutora sexy, de la auxiliar contable, etc. Que reivindicación de los derechos civiles, ni que discusiones sobre la violencia de género ni el papel de la mujer en el desarrollo del país ni que nada, esos días lo que más se ve son reclamos machistas de parte de ellas.

¿Acaso no es cosificarse ellas mismas esperar que les rindan culto con chucherías un día, a cambio de una sonrisa que solo incrementará el morbo con que les miramos el culo el resto de días? El mensajero no llega a regalarle un Piruli porque se vaya a sentir bien cuando le den las amables gracias; al menos un pajazo le sacará, haciendo una proyección de la chupada.

No, pero el patán es el que no les dedica ni siquiera un estado de Facebook alabándolas #corintelladostyle.El guache es el que no recuerda cuánta razón tenía el demagogo de Arjona, el desgraciado que dijo que hubiera dado su columna vertebral por verlas andar. Si apenas fue una costilla y nos duelen y nos hacen falta como un H.P. 

Un día son las más transgresoras, y defienden extremos como el derecho a pegar cachos y a tratarse a sí mismas como perras. Otro día, son defensoras de las tradiciones y de las buenas costumbres que obligan a tratarlas con condescendencia y ternura especial. Un trato verdaderamente igualitario no debería darle lugar a privilegios sexistas, ¿no?

Lo único bueno de la impostura de las feministas es que son súper sexys. Todo un reto. Con la mirada siempre agresiva. Dispuestas a la discusión que acaba en desnudes.El máximo premio es verlas vencidas y suavizadas en la cama, con las ideologías tiradas en el piso al lado de la tanga y el brasier. No más palabras sobre esta sociedad falocentrista, cómete el falo.

Lo que entendemos por igualdad es celebrarles también un día a los hombres. Pff. Los hombres celebramos el Día Mundial del Mamador de Ron todos los viernes. Con eso nos basta. Mujeres, no es necesario un día para halagarnos y sostener el sofisma de la igualdad. A nosotros nos encanta ahondar en sus diferencias. El poder que tienen sobre nosotros es insuperable, indiscutible, eso que la decencia llama amor. Por eso tantos “días” en su honor, tantas excusas para atenderlas y justificar halagos que nos abran paso a su entrepierna.

Aunque dicho sea de paso, en nuestro “día” ni nos felicitan ni nos dan regalos ni nada de nada. Si buscaran tanto la igualdad, las feministas saldrían a levantarnos a nalga en el Día del Hombre. La tienen fácil. No queremos chocolates, ni flores, ni dedicatorias lloronas en Facebook: dennos el culo. Así, nos tendrán felices, siendo caballerosos y escribiéndoles poemas en el día de la compañera de oficina. Si les parece demasiado, nos conformamos al menos con una foto en cuatro.

Soy el principal defensor de la verdadera equidad de género. La absoluta igualdad cultural y social. Que las mujeres sean las que nos saquen a bailar, nos inviten tragos, nos valoren por lo larga que la tenemos y no nuestros sentimientos, nos usen una noche y luego nos abandonen y no nos vuelvan a llamar.

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